Desmontando mitos sobre el sacramento de la Unción de enfermos: los gestos de Jesús y el magisterio de la Iglesia Católica

El pasado jueves, 13 de junio de 2019, tuvo lugar en nuestra Parroquia, en la Capilla del Santísimo, una Eucaristía especial donde se ponía el énfasis en el Sacramento de la Unción de enfermos. Fue una celebración íntima y emotiva en la que participaron, de una forma singular, personas que presentaban algún tipo de enfermedad o dolencia dentro de nuestra comunidad parroquial.

Nuestro párroco, D. Iván Bermejo, animaba a asistir a todas las personas que así lo desearan, abriendo e incluyendo en la realidad pastoral a un sector de la población que, en muchas ocasiones, cae en el olvido por no considerarse útil para los fines sociales, económicos o políticos, pero que necesita de la gracia sanadora y renovadora de Dios y del acompañamiento de toda la comunidad. Este sacramento, por tanto, hace presente el amor mismo de Cristo por los más necesitados. En palabras de D. Iván, se justificaba este acto de la siguiente manera:

El sacramento de la Unción de Enfermos, lejos de ser tenido en cuenta como un momento de tristeza en la vida del Cristiano porque se relaciona con la muerte, se ha de valorar con el Espíritu que nos transmite el Concilio Vaticano II, esto es, como Sacramento de Sanación.

En las comunidades primitivas, ya se refiere el hecho de la enfermedad como tema a ser tenido en cuenta a la hora de apelar a los presbíteros de la Iglesia para que, en caso de necesidad, oren por los enfermos, impongan sus manos sobre ellos y sean ungidos con el óleo santo.

Aprovechando la Solemnidad de Pentecostés que hemos celebrado y con la que concluimos el Tiempo Pascual oficiaremos en nuestra Parroquia este Sacramento, de forma comunitaria, indicado especialmente a aquellas personas que estén enfermas y deseen, debidamente preparadas, recibir este signo de la misericordia de Dios.

El mismo Señor que, con su amor y la oración de la Iglesia, sigue haciéndose presente desde el buen olor de Cristo representado en el óleo consagrado en la Catedral Magistral de Alcalá en la Santa Misa Crismal del pasado Miércoles Santo (Bermejo, junio de 2019).

Pero ¿por qué este Sacramento se ha asociado popularmente a la muerte en lugar de a la vida?

Entre los siglos VIII y XV se extiende el concepto de “Extrema Unctio”, término que hace referencia a los moribundos y a una parte de la liturgia de la muerte que prepara inmediatamente para el paso a la vida eterna. En 1439, en el Concilio de Florencia, se declara como quinto sacramento la Extremaunción, el cual solo debía administrarse al enfermo de muerte. Sin embargo, en el Concilio de Trento (1545-1563) se confirma que este sacramento no solo se dirige a los moribundos y que abarca tanto el ámbito corporal como el espiritual. El Concilio Vaticano II (1965) da un paso más, asociando la sacramentalidad de la Unción de enfermos al efecto de aliviar y salvar, cuya participación no solo beneficia a la persona que lo recibe, sino a toda la comunidad eclesial. Desde esta perspectiva, el enfermo participa en el Misterio Pascual, es decir, se asocia personalmente con la pasión y muerte de Cristo, para sanación propia y salvación de todo el pueblo de Dios. Pablo VI, en 1972, insiste en el carácter positivo e integrador de la gracia del sacramento unido a la Fe.

Para que el Magisterio de la Iglesia católica adquiera un sentido pleno, se ha de poner la mirada en Jesucristo mismo, que sale al encuentro del hombre para sanarle y salvarle. En aquella época una persona enferma se sentía abandonada, desahuciada y rechazada por Dios y por la sociedad y se concebía la enfermedad como un castigo por un pecado o por la posesión del demonio. Jesús rompe todos los esquemas transmitiendo un mensaje de vida, haciendo presente a un Dios que ama a la persona por encima de todo, que no la abandona ni la rechaza nunca y que la invita a esperar y a confiar en Él.

Las curaciones de Jesús no se han de entender como magia, sino asociadas al poder de la fe del enfermo y de quienes piden por su sanación. El poder curativo del Hijo de Dios estaba encaminado a la salvación integral de la persona, es decir, de cuerpo y de espíritu, misión que encomendaría también a sus discípulos. En los Evangelios encontramos diferentes pasajes que nos muestran a un Jesús que dedicó gran parte de su ministerio a la curación de los enfermos a través de diferentes gestos como la unción con aceite, la imposición de manos o la unción con barro y lavado con agua.

En la Carta de Santiago (Sant 5, 14-16) se nos dice lo siguiente:

¿Está enfermo alguno de vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que recen por él y lo unjan con óleo en el nombre del Señor. La oración hecha con fe salvará al enfermo y el Señor los restablecerá; y si hubiera cometido algún pecado, le será perdonado. Por tanto, confesaos mutuamente los pecados y rezad unos por otros para que os curéis: mucho puede la oración insistente del justo.

Esta recomendación de Santiago a la comunidad y a los miembros enfermos se corresponde con la actitud que Jesús mostró a lo largo de todo su magisterio. En esta carta, la comunidad cristiana aparece representada por los presbíteros que con su fe en presencia del Señor, interviene para salvar a la persona entera (enfermedad física y del alma), prolongándose así el ministerio salvífico de Jesús a través de la acción sacramental de la Iglesia. Este texto nos habla de tres elementos fundamentales que aparecen en la Unción de enfermos: la fe, la oración y la unción con aceite.

Este sacramento, por tanto, aporta esperanza, paz y ánimo a todas aquellas personas que sufren y las une de una forma singular a la Pasión de Cristo, dando al dolor y al sufrimiento un sentido salvador. Se demuestra, así, que la Unción de enfermos no es un sacramento asociado a la muerte, sino a la curación del cuerpo y del alma. Por este motivo, no debemos olvidar elevar nuestra plegaria hacia aquellas personas que más necesitan del amor sanador de Dios. Ofrezcamos esta oración por todos los enfermos de nuestra Parroquia:

Dulce Jesús, que dijiste:
“Yo soy la resurrección y la vida”
que recibes y cargas encima de tu espalda con nuestras enfermedades, que curaste cada enfermedad y cada dolencia de todos los que a ti acudieron;
Hoy soy yo quien acude a ti, con toda mi fe y lleno de seguridad,
para rogarte por la sanación de los enfermos de nuestra Parroquia con tu divino y bendito corazón.

Mónica de las Heras.

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